- de la revista La Esfera 39, de 26 de Septiembre de 1914
- 'Escenas Tristes de la Guerra'
- de Armando de las Alas Pumariño
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Paginas de la Guerra
Sacudida la perplejidad en que nos había sumido el absurdo de la guerra europea, forzados á admitir la realidad, el hecho en su desolación tremenda, surge en nuestros espíritus (¡oh bendito y pueril optimismo!) la esperanza de algo que ha de dulcificar al menos el horror de la contienda.
Recordamos á este propósito unos párrafos de Concepción Arenal que, leídos cuando asistíamos á las aulas de una vieja y gloriosa Universidad, obraron el prodigio de estremecernos con un inmenso júbilo de anunciación: «El hombre (el de nuestro siglo) no es, ni bastante bueno, cuerdo é ilustrado para hacer imposible la guerra, ni bastante malo, insensato é ignorante para no imponerle condiciones que la hagan menos repulsiva á la razón, menos abominable á la conciencia; vive en una época de transición; lucha entre el pasado y el porvenir, unas veces rodeado de luz, otras en la obscuridad profunda, con ecos para las voces divinas y rugidos de fiera; duda, vacila, teme, espera, decae, cobra aliento, se contradice, lucha, tiene negaciones impías, afirmaciones sublimes y purificando la mano ensangrentada en el combate con las lágrimas que vierte al contemplar sus víctimas, escribe el derecho de la guerra; si este derecho no puede llamarse justicia, es al menos una aspiración, una protesta».
Con qué afán estudiábamos entonces aquella sección del derecho internacional público. Qué entusiasmo al encontrar las leyes de la guerra, incipientes, diseminadas aún en instrucciones y convenios. Este derecho nuevo, pensábamos, cuyos primeros brotes van apuntando ya, florecerá espléndido mañana y restringiendo paso á paso la crueldad de la guerra acabará por extirparla.
Más tarde aprendimos que no siempre los beligerantes cumplían extrictamente con las leyes de la guerra; supimos de crueldades búlgaras en el pleito balkánico, ¡pero bah!, en aquellos estados que viven aún en plena adolescencia eran casi disculpables tales violencias, y no hablemos de las luchas sostenidas por los pueblos civilizados con aquellos otros primitivos y salvajes; allí era preciso usar de un rigor no mitigado con humanitarias tolerancias.
Donde se observarían escrupulosamente las magníficas reglas aprobadas en Oxford por los jurisconsultos y tratadistas de mayor fama universal: Bernard, Biuntschli, Hollan, Landa, Martens, Pierantoni y Schulze; lo mismo que las del convenio de Ginebra de 1906 y las votadas en las conferencias de El Haya de 1899, ratificadas y ampliadas en 1907, sería en el caso improbable de que estallase una contienda guerrera entre naciones como Alemania, Francia, Inglaterra é Italia, las más cultas, las más fuertes en todo el amplio sentido de la palabra.
Y sin embargo, declarada la conflagración actual, por si no era lamentable el derrumbamiento de todo aquel precioso entrecruramiento de ideales, de intereses, de solidaridades internacionales que mantenían viva la substantividad de Europa, como ha dicho muy bien un periodista insigne, Alemania una de las naciones que mayor impulso han dado á la cultura y que suscribió las leyes de la guerra en Oxford y en El Haya, ha sido la primera en violarlas. Los aeroplanos y los dirigibles germanos ciérnense en vuelos trágicos sobre las ciudades enemigas y arrojan bombas que, ciegas, inconscientes, pueden estallar sobre un hospital, sobre un jardín donde juegan los niños, sobre el afán laborioso de un taller, en la paz de un hogar humilde donde unas viejecitas lloran...
Las granjas belgas tan limpias, tan bellas, que hablan de una agricultura científica y próspera, aparecen á nuestros ojos en los grabados de las revistas, arrasadas, destruidas. Visé encendióse el primero coma una antorcha siniestra que anunciase el paso de los devastadores. Después Lovaina, la ciudad indefensa que perece bajo los cañones inútilmente crueles. Una autoridad de la iglesia condolióse de ello hace bien poco.
El Mar del Norte sembrado de minas, escollos científicos y terribles, mil veces más peligrosos que las rocas legendarias de Escila y la vorágine mitológica de Caribdis, constituyen también una violación de las leyes de la guerra; al chocar en ellas los barquitos mercantes, trabajadores inofensivos y amables, piruetean un instante sobre las aguas para hundirse luego fatalmente.
Si quisiéramos penetrar en el hondo sentido hermético de las cosas, el asesinato de Jaurés y la muerte del Papa blanco de la Eucaristía, pare-ceríanos un símbolo doloroso y terrible. Toda idea de paz y de piedad alejóse de la tierra aventada por el bárbaro cataclismo de la guerra.
Dentro de pocos días celebraránse en nuestras universidades los exámenes de Septiembre, y tal vez algún catedrático distraído ó candoroso formulará al examinando la pregunta impúdica:
A ver, díganos usted algo de las leyes de la guerra.
Y á nuestro juicio, el alumno, merecedor de la calificación más alta, sería aquel que respondiese: «Las leyes de la guerra, señor, son una prueba de que los impulsos generosos del corazón humano no cristalizan jamás en realidades á no ser que una fuerza los imponga. Por eso las leyes de la guerra, expresión de un derecho desprovisto del elemento coactivo indispensable, son en todo tiempo una utopia y hoy vénse arrolladas por la necesidad de vencer, ley imperativa de los beligerantes, que sonará como un sarcasmo brutal en los oidos de aquellos hombres buenos y candorosos que creyeron en la eficacia de unas leyes que no tienen otra sanción que la remota é intangible de la Historia. Mientras no exista un alto tribunal provisto de medios coactivos, será imposible oponer á los que obran en nombre del derecho de la fuerza, la fuerza del derecho. Y ese estado superior de cultura, cuyo órgano ha de ser el tribunal á que nos referimos, está, señor, tan lejos, tan lejos...»
Armando de las Alas Pumariño